Pep Guardiola: "El Triunfo de una Filosofía" (I)

"Ne puc més”. Triste final para una historia de amor que parecía interminable. Josep Guardiola i Sala, el hombre que quemó todas las etapas antes de sentarse en el sillón de plata, abandonó el Camp Nou entre lágrimas por un esfuerzo que terminó siendo una losa de pesadas exigencias. Lo hizo dejando un legado imborrable de títulos a una hinchada en la que grabó a fuego un mensaje de esperanza: Yes We Can. Ese fue el logro más importante de su carrera. Mucho más allá de estadísticas, de títulos, de filosofía de juego, de cultura balompédica, Guardiola hizo vivir al Camp Nou en una superioridad futbolística (y social) que antes parecía una utopía inalcanzable. Les enseñó a creer en sí mismos, lo que tan difícil parecía. Les enseñó a sentir la gloria y abrazarla para no dejarla escapar. Les enseñó a dominar bajo una cultura de juego que se convirtió en filosofía in aeternum

El Camp Nou, en tiempos de Núñez y Gaspar era un coliseum capaz de matar proyectos con una soltura sobrecogedora. Una reverencia que por entonces se había convertido en costumbre:  "Ave, Caesar, morituri te salutant“. Si ganabas, gloria temporal. Si perdías, el fuego de la ira y los pañuelos al viento terminaban por abrasarte en las llamas de una cólera insostenible . Ahora, sin embargo, en cada victoria, un eco de jolgorios y agasajos. Después de cada derrota, un “gracias por el fútbol”. Fue el mayor título de Pep Guardiola y quedó retratado en la eliminación en semifinales de Champions frente al Chelsea de Roberto Di Matteo. Convirtió, con un talento sobrenatural para dominar los tempos, a un equipo sumido en una crisis de identidad galopante, en un grupo que creía en la victoria y en una preeminencia sobre los valores más fundamentales del juego. El Barca pre-Guardiola era un nido de preguntas sin respuestas, de desilusiones, de vagos recuerdos de un ayer con glorias minimizadas. Hoy es una superpotencia que se siente autoridad para dominar el fútbol. No son ni los títulos, ni los tantos por ciento de posesión, ni el baile de elogios por el juego. Es la identidad, la filosofía del pensamiento. El barcelonismo, gracias a Pep, hoy se siente superior. Ha transformado un ficticio cuento de hadas en un sueño que se disfruta despierto. A una afición presa de un pesimismo exagerado en otra que sentencia desde un púlpito de orgullo doméstico que ser del Barca es “el millor que hi ha”. La derrota futbolística en una victoria moral. Ser especial en un símbolo de unión.

Ciutadans de Catalunya ja la tenim aquí” Lo que sonó como una trova que invitaba al júbilo rescata una expresión de personalidad implícita. Desde niño, desde que recogía los balones que fallaban Archibald, Rojo, Carrasco y Schuster, pasando por una adolescencia donde se empapó de barcelonismo made in Masía, por una madurez que le llevó a ser uno de los mejores mediocentros de la historia y hasta hoy, siempre entendió al pueblo catalán como nadie lo ha hecho nunca. Entendió su cultura, su idiosincrasia poética, y consiguió hacer un modelo de juego que convirtió en dogma de culto. Logró, fíjense si eso es difícil, que los discursos futbolísticos fuesen analizados como sistemas morales. Nadie consiguió tanto peso inmaterial en menos tiempo. Nadie en el fútbol consiguió jamás que su discurso fuese el estigma de una ideología, casi como una homilía imperturbable, una idea que se transformó en alegoría de seguimiento ex profeso. 


Y por encima de lo intangible nos queda su fútbol. Hizo de cada partido una batalla en la que la naturaleza de su equipo (técnica, control, pase, asociación, golpeo y conducción) tuviese el máximo peso. La pelota como forma de caricaturizar el miedo. Ya no había complejos, solo un compromiso por llevar la iniciativa. Una idea de “conseguir superioridades a partir de la posición. ¿De qué sirve jugar entre líneas si no es para eliminar rivales? ¿Qué es eso de leer los partidos?" "Éste —señala el primero— tiene que aguantar el balón, esperar la presión y no pasar a éste otro hasta el último momento, porque así habremos eliminado a un rival. Después, al siguiente, una línea (...)" Juan Manuel Lillo. Un juego al que convirtió en un símbolo de admiración universal. Una reestructuración de cantera que ha dado frutos para el recuerdo. Su producto no es Thiago, no es Iniesta, ni es Xavi. Su verdadera esencia son Busquets y Pedro. Consiguió que futbolistas de un nivel medio-alto fuesen fundamentales en un modelo que los potenciaba. Logró, cómo el mismo dijo, visualizar las jugadas con las que siempre había soñado. Un equipo para la historia que alcanzó un grado de perfección que quedará grabado el imaginario colectivo del deporte. 

La obra de Pep Guardiola traspasa las vallas del barcelonismo devoto. “Todos quieren jugar como el Barca” dijo Salvador Bilardo cuando Batista pretendía implantar el estilo culé en la selección argentina. Lo dijo quien representa el antagonismo al laureado modelo de posesión (no por ello menos válido), quien no entiende que tener la pelota sea la forma más precisa de llegar a la victoria. España buscaba un estilo que nos definiese, una forma de juego que, otrora definida con “la furia”, nos otorgase una identidad propia, una filosofía identificativa. Queríamos saber qué era jugar a la española. El modelo Barca se incrustó en nuestra selección y nos condujo hacia la gloria eterna en el Ernst Happel. Muchos dirán que nada tuvo que ver Guardiola, pero la trascendencia de los modelos de juego se cimenta en quienes ayudan a construirlo. Luís Aragonés buscó un patrón que nos fundiese en una idea de juego de admiración colectiva, y el primer Barca de Pep le brindó la excusa perfecta para perfeccionar el prototipo que comenzó en Alemania. Por decirlo de alguna forma, legitimó aún más la idea de Luís y le ofreció un contexto de aceptación pública. Pero no hace falta irnos atrás en el tiempo. Hoy, equipos que luchan por el descenso intentan rondos interminables de posesión en una pretensión explícita por jugar como el Barca. E incluso un colectivo de una ascendencia cultural casi atemporal, como la Roma, fichó a Luis Enrique porque también quería jugar como el Barca. Todo tiene un trasfondo negativo, pues los entrenadores condenan a sus equipos en estilos de juego que no les favorecen solo por seguir una moda (bendita moda), pero no resulta por ello menos significativo ese especial deseo general por querer jugar como el Barca.

El FC Barcelona no ha perdido un entrenador, sino una voz que siempre querían escuchar, un gesto que les definía como institución, una cara que necesitaban ver para sentirse protegidos. El solar de desilusiones que dejó Cruyff queda minimizado con un vacío que será insustituible. Nadie, por ahora, puede llenar lo que creó Josep Guardiola. Nadie tiene ese talento para ser la voz de una masa a la que consiguió unificar con glorias y mensajes de optimismo. Cuando pregunten al adolescente culé qué es el Barca, le responderán “Pep”. Cuando pregunten al adolescente culé cuál es la filosofía del Barca, le dirán “la filosofía de Pep”. Cuando pregunten al adolescente culé quién es su ídolo, le dirán “Pep”. Lo que antes era un “Cruyff” a todas las preguntas ahora es un “Pep” casi axiomático. Se ha marchado una parte del escudo y el barcelonismo lo acepta con resignación. Él, como Napoleón Bonaparte, supo entender que una retirada a tiempo es una victoria. Ese es su legado. Ese es su triunfo. Nace la leyenda…

6 comentarios:

  1. Me encanto tu articulo un análisis muy acertado del legado de este magnifico ser humano al que admiro mucho como tu dices no por lo que gano sino como lo hizo y su forma tan especial y unica de ser sin duda jamas se borrara de nuestra memoria,no queda mas que decirle GRACIAS PEP!!!
    Andrea Coronado

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  2. @ Andrea Coronado

    Muchas Gracias.

    Hemos intentado enfocar esta primera parte no tanto en su legado futbolístico sino en su forma de cambiar al FC Barcelona como institución. El equipo antes de Pep (época Rijkaard) ganaba, pero el mensaje tenía muchísimo menos poder.

    Nunca vi al barcelonismo tan unido como en los cuatro años de Pep Guardiola, que si algo ha demostrado, además de ser un magnífico entrenador, es ser un extraordinario orador, capaz de convencer al más exceptico.

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  3. "El FC Barcelona no ha perdido un entrenador, sino una voz que siempre querían escuchar, un gesto que les definía como institución, una cara que necesitaban ver para sentirse protegidos."

    Has conectado perfectamente con el sentimiento de miles de cules, el dia que se confirmo su marcha el bajon fue considerable, fueron 4 años muy muy intensos, tanto, que a muchos nos daba igual que enlazara 2, 3 , 4 años sin titulos, lo que queriamos es que estuviera 25 años como Fergusson, una pena, yo creo que su autoexigencia extrema no se lo permitio

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  4. @ olhado_lh

    Es que el mayor problema que representa la marcha de Pep Guardiola, a pesar de lo que pueda parecer, no es el futbolístico. Tito conoce el modelo, jugadores hay de sobra, y en ese sentido no distingo demasiados problemas.

    Distinto es en el ámbito social. Nadie conoce Barcelona, al Barcelona y a Catalunya como Pep Guardiola, y eso es algo fundamental para un entorno tan inestable como el culé. Yo creo que el mismo sabía que el ciclo no sería excesivamente largo. El Camp Nou quema muchísimo, y además, los 2 últimos años han sido brutales, y esa eterna confrontación con el Real Madrid también ha terminado por desgastarlo.

    Un Saludo.

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  5. ¿Entender al pueblo catalán? Si por entender al pueblo catalán es posicionarse a favor de una histeria generalizada que han iniciado los grandes burgueses de aquí que lo único que hacen por su pueblo es lastimarlo a base de tijeretazos y prestar su imagen a una entidad bancaria, culpable de muchas desgracias que se están llevando a cabo...Será un fallo de percepción mio, en fin...

    No hay nada como mear colonia y creer que cuando se habla se sienta cátedra. Siempre he pensado que este personaje no tiene ni pajolera idea de este pueblo. Lo dice un catalán, pero claro no tengo su imagen chupiguay.

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  6. @ Anónimo

    Sí, entender al pueblo catalán. Exactamente de la misma manera en que Simeone comprende al aficionado del Atlético de Madrid. Guardiola consiguió calmar las turbias aguas del Camp Nou, hasta el punto de que cada aficionado culé consiguió identificarse con su forma de ver el fútbol y la vida.

    El Camp Nou preguardiola sí era una histeria generalizada. Él consiguió solventar esos miedos e introducir en el ADN culé la confianza en sí mismos que antes no existía. Cada cual ejerce el discurso que más beneficia a la personalidad de su público.

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